lunes, 12 de septiembre de 2011

Cap. 1.

No sabía qué le pasaba. ¿Por qué hacía ahora todo así? ¿Por qué el repentino histerismo?
Él era muy temperamental. Alfred sabía bien que no podía controlarse a sí mismo; que no podía dominar sus acciones.
Daba vueltas por toda su habitación. Se desplomaba en su cama, rodaba de lado a lado un par de veces, se levantaba. Se acercaba al escritorio, cogía un bolígrafo, lo mordía. Lo soltaba a golpe de madera, suspiraba, se frotaba la frente. Deslizaba los dedos por su nariz, separando las lentes de sus pupilas azules, cerrando los párpados. Se preguntaba, pensaba, no se respondía.
Todo aquel nerviosismo hizo que en pocas repeticiones del ciclo su cuarto acabara como si un ciclón lo hubiera atravesado; y en parte era eso lo que ocurría.
Los armarios abiertos de par en par; vaqueros sin doblar colgando de las puertas; gallumbos que tendría que haber guardado ya en su cajón de la ropa interior, y que ahora estaban desperdigados por el suelo aunque él los hubiera dejado doblados en el escritorio; lápices, mil lápices y estilográficas por todos lados que iba dejando tras los mordía; un colchón con sábanas colgando de él por tanta vuelta; una almohada en el suelo que no paraba de pisar y pisar mientras desordenaba su habitación en un bucle infinito de desesperación.

“Tiene que haber un rastro. Algo.”
Se quitó su querida y adorada chaqueta de aviador, desprendiéndose por un momento de él mismo. La dejó cuidadosamente sobre la silla, ya sepultada entre tanta ropa, y se sentó. En el suelo.
Estaba cansado de Nueva York. Cansado de tanto escaparate, de tanto monopolio. De tan urbano que era. La luz de los anuncios publicitarios en las calles empezaba a marearle, no le gustaba encontrarse una pantalla gigante en mitad de la acera. Estaba empezando a coger quilos a base de comer hamburguesa, le molestaba el ruido de los coches y el vértigo de esos edificios enormes; le molestaba todo en aquella ciudad. Aunque antes adorara las hamburguesas, le parecieran preciosas las luces de los anuncios, sintiera música el son de los claxons y alucinara viendo la ciudad desde tan alto, ahora no hacía más que pensar que quería abandonarlo todo. Algo muy sacrificado para míster América, aunque él lo veía algo necesario. Algo natural, dejarlo todo ahora.
Abrió la ventana y entró una ráfaga de aire, limpiando un poco todo aquel caos del ambiente. Sacó un cigarrillo de un paquete que de milagro había divisado entre las telas, lo encendió y le dio la primera calada.
Aspiró el humo, aspiró toda esa materia repugnante que le sabía a gloria; aspiró el matarratas, el quita esmalte, los productos de limpieza. Aspiró todo lo que pudo aspirar de aquel nocivo pero delicioso manjar de los dioses. Y se asomó por la ventana.
Si miraba a su derecha podía apreciar su bandera de Estados Unidos flameando por la parte exterior de la barandilla, y cómo el callejón en el que vivía se hacía cada vez más ancho. Si miraba a su izquierda veía cómo el callejón se cerraba, y podía divisar perfectamente las siluetas del algunos de sus vecinos. El hombre gordo del sexto sacando una cerveza de la nevera, la mujer del octavo que siempre andaba desnuda por su casa y el anciano del quinto que no hacía más que gritarle a su viejo televisor.
Y podía mirar en cualquier dirección; si miraba abajo estaría el suelo, si miraba arriba estaría el cielo. Pero si miraba al frente el infierno pasaba a ser un paraíso en valores comparativos.
Allí era donde ella había vivido, donde ella le había dejado abandonado. El Cuarto, Cuarto C.
Por equivocación instintiva, desvió la mirada desde la mujer desnuda del octavo hasta el Cuarto C del edifico de enfrente, y entonces expulsó el humo que antes había aspirado con tanto fulgor. Deshaciéndose de él.
Cerró el ojo derecho, y luego el izquierdo. Esperó y, despacio, los volvió a abrir.
Y nada cambió en el eterno parpadeo. Las persianas seguían cerradas, la pared con la pintura cascada, las barandillas oxidadas y los cristales tremendamente sucios.
Y por supuesto, ella no estaría. Pero que eso ya lo sabía Alfred, que eso no le hacía falta estudiarlo ni observarlo. Que ella le venía por guía del instinto, no por el destino, la suerte ni, mucho menos, los milagros. Que no por un parpadeo aparecería. Que aunque lo sabía, cada vez que miraba la vidriera sus ojos reflejaban una textura similar, que de las venas, finas venas de los ojos, se percataba uno fácilmente y que, de alma, no hacía falta nada más que sentirlo.
Porque no la amaba, decía, pero era porque hacerse el duro era su debilidad. Era una hermana, una compañera. Ligeramente sensible, extremadamente atractiva.
Un espectro divino entre las tinieblas.
Podía recordar todos sus movimientos. Sus gestos, esos “tics” que le aparecían de vez en cuando. Sus risas, esas animadas campanas. Sus labios.
Recordaba cómo hace unos meses se asomó a fumar el cigarrillo matutino, igual que ahora hacía, y la encontró con la cabeza apoyada en la baranda de la ventana, con una sonrisa tierna e infantil. Cómo él soltó una bocanada de humo y sonrió sin querer, sintiéndose imbécil.
“-Buenos días, Anglosajón.”, soltó ella de la forma más hombría que pudo hacerlo, y Alfred bufó.
“Ya sabes que no soy anglosajón. Soy americano de pura raza.” Él seguía fumando, y ella se tomaba su taza de cacao en polvo.
“Americano, anglosajón... todos venís de lo mismo. Todos venimos de lo mismo”. Ella terminó su cacao, cerró su ventana, hizo mano de unos vaqueros y una camiseta lisa blanca y bajó a la calle.
Alfred sonreía, plácido. Sabía perfectamente qué venía ahora.
Así que se apresuró a terminarse el cigarro, al cual nada más apagado en el cenicero sonó el timbre.
“Que no llames, que está abierto.”
Entonces ella abría, miraba la puerta alucinada y espetaba un “Estos americanos y sus ganas de poder disparar a alguien por allanamiento de morada”.
Entraba, iba a la despensa y cogía un paquete de patatas fritas. Mientras, Alfred se sentaba en el sofá, encendía el televisor con el mando a distancia y dejaba fluir unas agradables cosquillas por su estómago mientras ella se acurrucaba en él.
Oía el crujir de las patatas, y decía “crisps”. Raoks reía y repetía el sonido, ese “sps” que le parecía simpático.
Entonces se sonrojaban y no veían nada, aunque miraran el televisor; no escuchaban nada, aunque el volumen estuviera al máximo. Se hermetizaban en una burbuja juntos, con no más que patatas, aceitunas y ellos mismos.
Así pasaban la mañana, envueltos entre sus pieles, divagando sobre diferentes temas de conversación, criticando el mundo.
Alfred afirmaba que no estaba de acuerdo con ningún sistema de gobierno, que ahora el capitalismo en Estados Unidos no estaba mal, pero que no le convencía. Raoks objetaba, se enfadaba, se indignaba.
“¿Cómo que el capitalismo no está mal? ¿Pero tú en qué estás pensando?”
Claro que ella era comunista, con una mentalidad ante gobierno propia de países sudamericanos.
Ella se cruzaba de brazos y espetaba que era un egoísta, que qué estúpida forma de pensar tenía. Alfred la imitaba con voz tonta y la rodeaba con el brazo. Raoks intentaba ignorarlo, pero le acababa sonriendo. Sólo entonces empezaban.
Ella se inclinaba sobre él, alargaba una mano y le acariciaba el cuello. Él aguantaba el escalofrío, la inclinaba más hacia él y la besaba. Ella le arrastraba hacia el cuarto, donde se encerraban durante todo el tiempo que podían.
“... Tengo hambre.”, decía ella. Y sólo entonces terminaban.
Salían de la pequeña habitación, encendían el horno e introducían una pizza de la sección de congelados del supermercado, discutiendo sobre los sabores de sus pizzas favoritas mientras esta se cocinaba.
El pitido del horno les hacía callar, y ante el silencio sus respectivas tripas rugían por sacar la deliciosa pizza de ahí.
Cogían una bandeja, servían ahí la pizza y se sentaban en mitad del suelo del salón a comer, sin decir palabra. Hasta que quedaba sólo un trozo de pizza y empezaban a reñir.
“Yo sólo he comido tres trozos. Tú has comido cuatro.” Decía ella, con el último trozo en la mano.
“Yo soy el doble que tú.” Decía él, intentando alcanzarla.
“... Me da igual.” Y daba el primer mordisco, llevándose medio trozo a la boca.
“... Ya verás”. Alfred se tiraba encima de la bandeja y se arrastraba hasta llegar a Raoks, mientras ella tragaba. Y dio otro mordisco, terminando la disputa.


Entonces le empezaron a avisar las tripas de que echara algo ahí dentro. Apagó el cigarrillo, echó una última visualización al paisaje, cerró la ventana y se dirigió a la cocina. Almorzaría un bol de cereales... o algo.

martes, 2 de agosto de 2011

Imaginación.

La vida no son más que contradicciones ordenadas en el tiempo, tal como notas musicales de canción. Ruidos uno tras de otro, forman una paradoja incomprensible. Más paradójica que nunca si tienes suficiente memoria. ¿Para qué?
Para recordar.
Siempre eres tú; no puedes ser otro, por mucho que intentes esconderte. Al final siempre se descubre, y eso está claro. Pero, ¿por qué, si siempre eres tú, eres tan diferente? A veces actúas contrariando tus propios ideales, simplemente por el placer del momento, la diversidad de las ocasiones, la gente implicada, las diversiones y compañías... Por la subjetividad del caso, sea cual sea. Haces lo que quieres y como quieres, con toda la relatividad que conlleva. ¡Pero te da igual! Que la vida hay que vivirla, dices. Sí, vívela. Los demás no tenemos derecho a hacer lo que tú, a no preocuparnos de nada. Nosotros tenemos que recoger toda la preocupación que tú dejas por ahí, toda tu preocupación es nuestra. Volcándola hacia ti. Resguardándote. Intentando darte protección. Sí. Soberana estupidez. ¡Qué le vamos a hacer! La protección es el sentimiento que sale hacia el amor, el cariño. Lo que adoras siempre quieres que perdure lo mayor posible, lo mejor posible. Y sí, te adoro.
Tú vas caminando por la cuerda floja, sin miedo, lanzándote; si tienes que caer caerás, pero no lo vas a hacer.
 Sé lo que merezco yo, o al menos lo que no merezco. No te merezco a ti, sé. Tampoco merezco esto, aunque al contrario que por ti, no lo merezco porque es demasiado sufrimiento. Tú eres demasiado genial. Yo soy un punto intermedio entre tú y tus consecuencias. Quiero sentir que soy ese punto, ese punto que adoras y en el que todo va bien; el camino. Al fin y al cabo, es con lo que te quedas. Las consecuencias son tus huellas, el reto tu destino, tú el peregrino y yo tu caminar. Quiero sentir que soy tu mañana, tu adelante. Quiero pensar que soy tu futuro, o al menos tu marcha. Tu guía. Quiero pensar, porque quiero tantas cosas...
¡Todas, todas por ti! Quiero que no me des nada, no busco eso. Ni si quiera busco una muestra de afecto, un "te echo de menos", un "tú" cariñoso, de esos que tantos me das. No busco nada. Sólo busco tu felicidad, criatura del mundo; bicho de los bosques. Sólo quiero tu felicidad. Lo demás es secundario. Sólo pienso tu felicidad... algo hipócrita por mi parte decirlo, porque sé que también pienso en la mía, en cómo me la das. No sé a lo que juego. No sé a lo que vivo.
Eres como una pequeña parte de mí que ha evolucionado, que ahora me sigue a todas partes; como mi sombra. Eres como una mariposa que revolotea, normalmente por mi estómago. Produces una agradable sensación, un cosquilleo, aunque a veces el cosquilleo es tan tremendo que te entran escalofríos, como corrientes eléctricas. Supongo que son las chispas que desprendes, la locura no es tan buena. Bueno, la tuya sí. Es la mía la que me hace sentirte así...
Y es que no sé hasta qué punto es bueno enamorarse, pero cuando es de las propia imaginación, la cosa se convierte realmente en una locura; en un genial manicomio de corrientes de aire, visiones y palabras que nunca se dijeron. Tus miradas y tus locuras quedan en mi mente, cerradas, para siempre, nadie es capaz de verlas. Nadie es capaz de verte.
Pero yo te veo; te veré incluso cuando mis ojos se cieguen por el paso de los años, si es que lo hacen. Te veré siempre, en mi razón y corazón; en mi memoria.
Te veré siempre.

viernes, 24 de junio de 2011

Vida, natural y nocturna.

Eran las 07:02, acababa de despertar de una pesadilla.
No voy a decir que sea por tu culpa, creo que queda bastante claro entre líneas.
Tú, con tu magnífica maliciosa sonrisa; esos ojos rojos que se introducen en tu cuerpo, quedándose entre pecho y espalda, provocando una agonía indescriptible en tu interior; tu nariz, perfecta, de esas en las que no te cansas de deslizar el dedo; tus labios, rojo carmín, prominentes, atraías a cualquier hombre, excepto a los invidentes, que quedarían atrapados por tu melodiosa voz.
Yo, presa en mi vida, vagabundeando, yendo tras de ti; de tus armoniosas medidas, de tus perfectos perfiles y maravillosas caricias, esperando llegar a mi objetivo. A veces me guiñabas, y yo enrojecía, sin poder contener las ruborizaciones de mis abultados mofletes, sumergida en mis propias fantasías, que eran mías, sí, pero no voy a quitarte el logro de producírmelas.
Algunos paseos por el parque, interminables y aburridos para ti, pero para mí inmensamente felices. Días de playa, veraniegos y no tan veraniegos, por el placer de pasar un rato contigo entre mi fuente de inspiración, en invierno con olas azotando las conchas de la playa, en verano con una macrosaturación a base del gentío y el sol quemando tu piel, que no bronceándola, no; tú y tu perfecta piel pálida, sin una minúscula manchita. Tu pelo al viento, tampoco celestial, sinceramente. Tu pelo no era muy agraciado, lo sabes bien, y siempre intentabas ocultarlo. Largas coletas, trillones de pinzas y pasadores, rizos, tirabuzones, alisado, tintes... de todo, con tal de ocultar tu naturaleza y parecer un tesoro intocable, que no era intocable, aunque para mí sí, y lo más cerca de tocarlo que estaría sería en mis sueños; dulces y deliciosas fantasías, donde no hacía más que complementarte. Sin embargo, todos los hombres deslizaban cada día su piel por la tuya, placenteros, mientras otros miraban tras la celosía. Tu vida tampoco era diferente; de flor en flor, pétalo en pétalo y cáliz en cáliz, no parabas de mariposear. No, nunca te dije lo que sentía. ¿Para qué? No ibas más que a reprochármelo, decirme que no era lo correcto, que ni si quiera era sano; que no debía y no podía, por más que quería y deseaba.
Para mí es no más que una tortura el sentimiento, aunque he de decir que sólo en mi soledad; contigo es un dulce capricho.
Que no porque me lo hayas hecho pasar mal te guardo un rencor infinito, no, ya me deberías conocer, no soy tan vengativa. Sólo es que hubiera necesitado que durara más tiempo, un tiempo sin fin, o que nunca hubiera comenzado. Pero... Bueno, a lo hecho pecho.
Mi intención no es producir tristeza a quien lea esto, ni tampoco producirte arrepentimiento a ti, aunque ya sé que es imposible. Sólo busco liberarme, expresarme, entenderme... y qué mejor que hacerlo así, ¿no?
No sé qué ha sido de ti, de tu vida. No sé cuántos corazones vas a ir rompiendo por ahí, ni los que has roto tras de mí, sólo conozco las cicatrices imborrables de tus besos en mi moteada piel, besos no más que amistosos y... ¡santo cielo, si no los anhelaba más que despertar cada mañana! Las películas de recuerdos que ansio repetir, como una rata acudiendo a su trampa quesera; masoquista.
A veces me vienen corrientes; verdaderas fuentes de agua gráfica, que me hacen sentir pequeña en el gran mundo; me hacen sentir una imbécil. ¿Tú, yo? ¡No! Yo ya sabía que no, desde el principio que lo supe bien, pero claro, estas cosas no se evitan, no se pueden evitar, ya lo intenté. No hacen más que prolongar la obsesión, hacerla más fuerte y consistente; invencible.
No te he conseguido olvidar, ni lo haré. Tampoco es que tenga un interés especial en hacerlo, has sido mi vida y la quiero entera para mí.
Aunque ahora no hago más que llorar, lastimarme en recuerdos y formar auténticas piscinas en mi casa, sé que lo superaré, y no olvidándote, sino aceptándolo. Mi vida no es tan mala, tengo una casa decente, céntrica, en el pleno corazón Cordobés. Tengo un bonito patio verde, con flores de colores, un ático con celosías, y unas vistas espectaculares. Los atardeceres parecen congelar el tiempo, iluminado mi casa con dorados rayos, que por momentos, momentos instantáneos, me hacen olvidar tu penetrante mirada. Las noches no están mal tampoco, el murmullo Cordobés alegra a cualquiera. A veces yo también salgo, buscando algo de comprensión en algún pub o bar, o intentando verte, pero todavía no he encontrado nada.
Ya mentado, no quiero que te sientas mal, sólo quiero que veas cómo avanzo, más bien para quitarte un peso de encima, si aún te preocupas por mí. No lo hagas más, no tienes necesidad. Yo estoy bien, o es lo que intento y espero, y poco a poco voy progresando. Quiero saber de ti, aún tengo la esperanza de que nos volvamos a encontrar.

Te quiero, y soportándolo.

                                                                                                    ~Luca.

martes, 21 de junio de 2011

Aburrimiento.

Últimamente, siento cómo mis horas se consumen sin sacar algo de provecho en ellas.
Veo cómo los niños de la calle juegan, cómo el sol azota en sus coloradas y sudadas pieles, provocándoles un tono dorado con la luz del atardecer. Percibo cómo la alegría y actividad infantil alumbra la calle del juego, cómo me gustaría jugar con ellos.
Mientras yo estoy aquí, reclinado en un sofá, viendo programas inútiles para consumir mi vida, me siento imbécil. Atolondrado, dejando que mi cerebro se apague y que el vaguerío consuma mi cuerpo, dejándole a mi vida un sofá como recuerdo...
Pero... no me quiero levantar. La pereza consume cada célula de mi cuerpo, dejándome muerto en vida.
Mientras, tú, eres vida en muerte. Alegras a todos con tu vitalidad enérgica, dejandome a mí en la más inmensa sombra por mi flacidez.
Lo mejor es que me da igual, siento como mi vida se va, y no quiero ponerle remedio. Así estoy demasiado cómodo.
El aburrimiento no es más que el sentimiento que hace que la humanidad avance; que la gente haga cosas, que se creen cosas, que se sientan cosas...
El aburrimiento es el sentimiento que más nos controla; que nos hace perezosos o activos, depende de la pasividad del sujeto.
Yo, activo en la pasividad, me aburro, y tengo miedo de convertirme en una escoria por el peligroso control que ejerce el sentimiento...
Aunque me da igual...

domingo, 12 de junio de 2011

Verano

Hoy, al levantarme, he sentido más calidez en el clima que en los últimos meses.
He sentido el sol mañanero surgir de las montañas y, con cada uno de sus millones y minuciosos rayos de luz, despertar las casas del pueblo.
Hace un tiempo espléndido; con un cielo uniforme, totalmente homogéneo, celeste, como pintado por un niño de cinco años en un gran plano; con un sol cegándome a conciencia, un sol mágico con todos los colores en cada uno de sus rayos; con la ausencia total de nubes, a las que le podría haber dado forma; con un increíble mar, pasos hacia delante, como vista principal del porche.
De pronto, como quien no quiere la cosa, empecé a bajar los escalones, encontrándome por sorpresa una carta, dentro de una botella, haciéndome sentir como un náufrago:

Si lo lees, es que al fin te has lanzado. Hace tiempo que acabó el otoño; invierno pasó, con su neblina, dejándonos la alegría de la primavera; y ahora toca el fin de ésta, que te pone en contacto con tu mar; el verano.
Me alegra enormemente que hayas bajado esos peldaños, que te hayas decidido a afrontarlo; el tiempo pasa, y no por ello debes estar más triste. Cuando envejezcas, serás feliz por lo vivido, y la melancolía te recorrerá por dentro, por haber perdido lo hecho, sí, pero tendrás una genial experiencia, y una vida en plenitud. ¿No?
Vive, a pesar de que con el verano debas perder ciertas compañías y privilegios; vive, aunque tengas que sortear los obstáculos y miedos; lánzate, puedes hacerlo.

Gracias, gracias mil por lo que vas a hacer, por lo feliz que me hace pensar que vas a seguir tu camino, feliz, con dichas y desgracias; con el equilibrio que, al fin y al cabo, es la sustancia de la vida. Recuerda: si fuéramos perfectos, el aburrimiento y la monotonía devorarían nuestra existencia sin demora.
Tú no eres perfecta; eres justamente el equilibrio que ando buscando, la paz y armonía que la sociedad es incapaz de conseguir, eres el brillo que nos hace falta; no te apagues.


Cada letra hacía más fácil el hecho, más normal y cómodo, me hacían más feliz. Me hicieron sentirme especial, y... se lo agradezco, sí.
Caminé, firmemente por la arena, sintiendo ese como un día cualquiera, y metida en mi universo... ¿por qué hay que tener tiempo, si es tu mundo? No, ni hablar. No iba a estar sometida a las decisiones externas, aunque influyeran en mi vida real. Serían las mejores posibles, sí, pero mi mundo siempre quedaría ahí para refugiarme.
Llegué a la orilla, y me senté, todavía en camisón, que se llenó de barro y salitre.
Había miles de conchas, de todos los colores, e incluso vi algunos pececitos nadando por la orilla; libres.
Ha llegado el verano y, por mucho que esto me entristezca, hay que vivir, con pérdidas o sin ellas, feliz, disfrutando de lo que tienes, y luchando por hacerte un hueco en determinada sociedad; que la gente escuche tus ideas, no te hundas en el infinito océano del fracaso; que no es fracaso quien no logra lo que quiere, sino quien se da por vencido a la hora de lograrlo.

Personas a las que la llegada del verano les deprima, no hacedlo este año. Puede que el aburrimiento y la soledad te hagan delirar, pero fíjate en la gente que disfruta del verano. ¿No quieres ser tú uno de ellos? He dado muchas vueltas a lo largo del texto, aparentemente imbéciles, pero espero que con muchos mensajes positivos. (O a lo mejor el verano me está haciendo delirar)

sábado, 11 de junio de 2011

Simplemente, tú.

A veces, cuando ríes o lloras, siento que el mundo es tuyo.
Sinceramente, hace tiempo que sé que me controlas, asumido está. Pero, al principio, no sabía que podrías llegar a influir tanto en mí.
Un simple cambio, que desembocó en esto, un sentimiento sencillo e importante, como la vida misma.
Las primeras conversaciones, las primeras bromas y complicidades, los secretos, poco después, y por último, la unificación en un sólo ser.
Eres de esas personas a las que, cuanto más se las conoce, más se las quiere; de compras, confidencias, ilusiones, depresiones, alegrías, o lo que sea, no dejas de sorprenderme con tu genialidad.
Recuerdo esas tardes que tú y yo pasábamos juntas, y pasamos todavía, molestas al separarnos: a veces, estudiando, otras, simplemente por diversión.
Sé como complementas cada minuto de mi vida, cómo me haces sonreír con dos o tres palabras, y cómo haces que la felicidad aflore entre las penas.
Soy consciente de lo que te aprecio, de lo importante que eres para mí, y de que siempre, de cualquiera de las formas, estarás presente en mí.
Puede resultarte exagerado, o precipitado quizá esta Oda a nuestra amistad, pero es realmente así como me siento.
Y sé que quedan muchos momentos, sí, como por ejemplo, el verano, con el sol azotando los diminutos granos de arena, pequeñas piedrecitas empeñadas en freír nuestros descalzos pies; con el mar, gélido tras la horneada, aburridas, riendo por flojera...
El próximo curso también, con sus horas muertas de música, las críticas a ciertas víboras (totalmente despectivo) , leyendo esos libros que tanto odio que leas en horas de clase; con su inglés, rellenando la agenda, supuestamente "laboral", de conversaciones infinitas; o las horas de lengua, que si son iguales que las de este año, no precisan de descripción, tú ya las entiendes.

Podría continuar hasta el infinito, lo sabes, pero para qué repasar infinitamente la "molonguería" de tus actos (no confundas con mongolería), si ya sabes que me parecen maravillosos, increíbles e impresionantes; si ya sabes lo que opino de ti, que eres una maravillosísima persona, que te adoro, y que vales más que cualquier cosa...

Con sinceridad, humildad y totalidad de las palabras, para ti; tú eres tu propio tesoro, no te pierdas.

martes, 24 de mayo de 2011

Presentación.

Bueno, no soy una especialista en blogs (con eso quiero decir que soy negada; es el primero que hago).
Pero, en unas de mis abundantes tardes aburridas, se me ocurrió hacer uno, y contar (como ya he dicho, si me aburro) mi percepción de las cosas.  Es... como un blog de actualidad, escrito por una psicóloga loca y masoquista.

¡Que lo disfrutéis! O por lo menos, echaros unas risas.